Recién casados en Latinoamérica: cuando la economía está en tu contra.

El: "Entonces se casaron, y vivieron felices para siempre" no es lo que muchas de las familias latinoamericanas atraviesan: nadie es impermeable a sus circunstancias. Sin embargo, cuando hay amor verdadero, los sacrificios siempre conducirán a la felicida

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  • Cuando mi novia y yo decidimos unirnos en santo y sagrado matrimonio, no fue tan solo para recibir la bendición de Dios, de nuestros amigos y familiares: fue también la de hacer realidad una de las metas que nos habíamos trazado como pareja: ¡Tener una familia! Y así fue como comenzó toda una nueva aventura, para la cual francamente no estábamos preparados, por más que lo deseáramos; Al año de habernos suscrito ante la legalidad del hombre y de Dios, vino a este mundo nuestra hija Gabriela Alejandra, "Pelos", López Jiménez. Quien pareció traer consigo un saco lleno de maravillosas interrogantes, alegrías y vicisitudes.

  • Matrimonio en tiempos de crisis

  • Durante sus primeros dos años de vida, el hogar que recientemente planeábamos construir, se vio duramente afectado por una deprimente situación económica que nos hundió. Para mantenernos a flote usamos como comodín o salvavidas a los abuelos, así como a nuestras respectivas madres, quienes se convirtieron entonces en las nanas y tutoras tanto de nuestra hija como de nosotros mismos. La situación era tan difícil, que dividimos en tres nuestra familia. Nuestra hija se tuvo que ir con la abuelita paterna, mi esposa a casa de su mamá, y yo pateando la calle parejo.

  • Ciertamente todos y cada uno de esos días y meses, cada hora y minuto en los que atravesamos esa abrupta separación de nuestro núcleo familiar, mi mente y la de mi esposa divagaban entre la cordura y la locura. Fueron tiempos muy difíciles, en donde cada pensamiento poseía un peso y valor para cada paso que dábamos. La única certeza que teníamos era la firme esperanza de solventar todos los gastos lo más pronto posible, para reunirnos nuevamente. Cada día que sobrevivíamos en la selva de concreto y, al hacerlo, sin darnos cuenta, nos hacía mucho más fuertes y mucho más seguros del camino que habíamos decidido recorrer. No obstante todo era una lucha constante de intereses y emociones.

  • Perderse cosas como los primeros pasos de tu hija, sus primeras palabras, el consentirla para acostarla, juguetear en la cama, el no estar presente en esos momentos por momentos destrozaban la poca serenidad que yo lograba obtener. La adversidad era tan fuerte, que llegó un momento en que uno comenzaba a cuestionarse; a plantearse una serie de impensables hipótesis, porque la desesperación es una de las peores consejeras, y yo me decía: ¿Vale la pena? ¿Será lo correcto? ¿Podré llegar a perdonarme esto? Y sin querer, por momentos pierdes de vista el horizonte trazado. Entonces la duda y la incertidumbre se convierten en un monstro de varias cabezas a la espera de engullirte.

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  • Y es el punto de esa historia, porque es justamente en ese momento, en el cual se puede y se debe marcar la diferencia; es entonces cuando se debe gritar a los cuatro vientos la convicción del sacrificio momentáneo para alcanzar la meta, sacudirse todos los pensamientos negativos y aquellos que estropean la visión; cuando esto sucede con la convicción necesaria, inmediatamente comienzan a suceder inevitablemente cosas buenas.

  • Así fue como un buen día recibimos las buenas noticias de trabajos nuevos y estables. Con paciencia y poco a poco, mi esposa y yo nos unimos nuevamente, luego de tres meses viviendo alquilados en una pequeña habitación. Entonces pudimos acceder a un pequeño anexo y con esto, traernos de vuelta con nosotros a nuestra pequeña “Pelos”. De este modo presionamos el botón de “reset” y, por decirlo así, “re-iniciamos” nuestra casa para transformarla con mucho sudor, en un gran hogar. Mi esposa dijo: “Mi Hogar ya tiene Casa, porque yo desde siempre supe que tenía hogar”.

  • Si actualmente estás pasando por circunstancias similares a las que nos pasaron a nosotros, yo te digo que lo que en algún momento nos devastó, hoy nos confiere el valor requerido para seguir adelante, e ir todavía por mucho más. Esto será posible siempre y cuando nos esforcemos por siempre ser eso que nos hemos esforzado por todos estos años: una familia muy feliz, con un espléndido hogar lleno de amor.

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Alberto José López Báez es de Caracas, Distrito Capital - Venezuela.

Escribir, crear, enseñar, y aprender son sus pasiones.

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