¿Papás cómplices o adultos que educan?

Este artículo versa sobre la necesidad de recuperar el rol de padres como educadores y protagonistas en la educación de los hijos.

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  • Hace unos días, al dialogar con un matrimonio joven, noté a ambos angustiados y se decían desorientados respecto a la crianza de sus hijos, ya que éstos no aceptan límites: es difícil hacerles ir a dormir, que cumplan con sus tareas escolares e incluso se niegan a vestirse con la ropa que tienen y exigen que se les compre otra “más moderna”.

  • Los tiempos han cambiado, los valores familiares se han ido esfumando poco a poco bajo las puertas de los hogares y cuando quisimos darnos cuenta, la evolución del rol paterno había pasado de padres autoritarios y rígidos a padres que obedecen los caprichos de los hijos y aceptan sus órdenes y deseos infantiles; a tal grado que actúan más como cómplices que como padres o adultos referentes. Hoy nos encontramos con padres que permiten a sus hijos llevar el mando del hogar; donde se compran los alimentos, la ropa y los objetos que los niños reclaman; se pasea por lugares costosos que los hijos proponen, e incluso llegan a alterar la economía del hogar al lograr que se invierta en la compra de electrodomésticos o artículos de alta tecnología; y si no se les satisface arman tremendo berrinche y golpean puertas y otros objetos.

  • Estos niños sin límites, con padres que han perdido su autoridad en el hogar, que se esmeran en satisfacer cualquiera de sus deseos, con tal de evitar discusiones por temor a perder el amor de sus hijos o incluso llegar a ser calificados de malos padres, se han vuelto una generación que avanza y despliega su poder sobre los adultos a cargo. Estos niños, que algunos especialistas llaman “tiranos”, lamentablemente se caracterizan por carecer de valores tales como el respeto, la empatía, la tolerancia, el esfuerzo sostenido, la solidaridad o el amor fraternal. Más bien son niños que no desean esforzarse por nada, quieren que los demás les resuelvan las cosas, no toleran un “no” y no buscan comprender a sus amigos o las situaciones que se suscitan a su alrededor, frustrándose si nada sale como ellos desean; son narcisistas, ignoran a sus padres, se resisten a amar a sus amigos y comprenderlos; los envuelve un manto de individualismo y de hedonismo que los lleva a ser violentos si no se les satisface, insensibles frente al sufrimiento ajeno y egoístas.

  • Así como hoy predominan los alimentos dietéticos, hoy son más los padres que yo llamo light, turbados por no saber si cumplir o no su rol de autoridad, que temen dañar en lo emocional a los hijos y que cuando ya no pueden “obedecerles” más terminan delegando su responsabilidad a las instituciones, y ellos caen en la depresión y la desesperanza. A continuación desgloso unos cuantos consejos al respecto:

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  • Recobrar el rol paterno como educador

  • El origen latino de la palabra “educar” nos remite a dar forma, a sacar para afuera; entonces, como padres, debemos dejar de ser cómplices, compinches o colegas de los hijos para asumir el lugar de la función paterna, es decir, volver a asumir la función de orientador y de líderes en el hogar; en suma, ejercer autoridad. Esta autoridad debe ser aplicada con amor, empatía y respeto. De este modo podremos permitirles a los hijos desarrollar toda su potencialidad y les ayudaremos a ir tomando forma de seres humanos autónomos, felices, con valores y, sobre todo, responsables de sus acciones.

  • Guiarlos a través del trazado de límites

  • No establecer límites a los niños es dejarlos a la deriva, desorientados frente a sus emociones y deseos. Poner límites es darles un mapa de rutas, para que ellos sepan cómo y por dónde transitar seguros y confiados. Los límites no solo orientan, sino que les enseñan a ser capaces de tomar decisiones y a asumir sus consecuencias; aprenden habilidades, estrategias y maduran en sus emociones; adquieren autocontrol, empatía, autoestima y responsabilidad. Hay que entender que esta tarea no es sencilla, que llevará tiempo, paciencia y autocontrol, puesto que muchas veces intentarán ceder para evitar conflictos. Requiere confianza, serenidad y muchas dosis de humor; sin embargo, la tarea se verá recompensada en hijos saludables, maduros, felices y seres plenos.

  • Controlar qué ver en los medios de comunicación

  • Vivimos en una cultura en la que los medios de comunicación nada esconden y no respetan el horario de protección al menor (sobre todo, el televisor), pues hay programaciones infantiles en las que, en forma constante, un personaje desvaloriza al otro, lo humilla o muestra su intimidad sin escrúpulos; incluso, son comunes las imágenes en que se golpea, hiere, mata o maltrata a otros. Los niños, al ver este tipo de situaciones, muchas veces las reproducen en sus hogares o en los colegios, y van naturalizando la falta de pudor o creyendo que el otro puede ser humillado o burlado, y lo entienden como algo divertido. Los niños necesitan que la familia sea la institución neutralizadora de los medios de comunicación, que acote horarios, determine qué programas ver, el número de horas y luego se pueda dialogar de lo que se ha visto y entendido. Estas acciones son fundamentales para enseñarles a revalorizar el pudor y el respeto por el prójimo.

  • Aceptar y disfrutar la adultez

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  • Trágicamente, en las últimas décadas, los padres han dejado de ser adultos maduros y han pasado a ser tan inmaduros en lo emocional como sus hijos; algunos se visten como lo hacen sus hijos adolescentes, usan el mismo lenguaje, recurren a cirugías para parecer más jóvenes o se ponen vestimenta o van a bailar al mismo sitio que sus hijos y actúan como tales. Ser padre es tener la madurez necesaria para contener, sostener y acompañar a ese hijo que crece. Pero, ¿cómo puede cumplirse con ello si ese padre o esa madre requieren madurar sus emociones? Los hijos necesitan de adultos capaces de asumir su edad y su etapa de vida, que puedan ser el reflejo de que crecer es bello, y de que asumir responsabilidades es fuente de placer y crecimiento personal.

  • Como puede verse, la tarea no es sencilla, el camino puede ser arduo y duro, pero al final del sendero los veremos llegar colmados de felicidad, sacando lo mejor de sí y viviendo con sentido.

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Marta Martínez es de Uruguay. Posee una licenciatura en Psicología, y un posgrado en Logoterapia. Ama todo lo que hace y adora servir. Es especialista en atención psicológica domiciliaria. Contacto:

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