No entregues a otros el cuidado y crianza de tus hijos

Este artículo contiene una enseñanza a través de una importante experiencia de mi vida: la de no delegar en otros la crianza de los hijos y cómo estar presente en sus vidas.

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  • Cada día más abuelos, niñeras u otros familiares, se hacen cargo de la crianza de los niños. Esto es más común de lo que imaginamos. Seguramente no es un capricho de los padres, pues las exigencias de la vida moderna llevan a ambos padres a ausentarse del hogar y otros asumen el rol de padres del niño. Quizás mi historia pueda motivar a muchas madres y padres a no alejarse de sus hijos, porque su amor y compañía para el niño son irremplazables, a pesar de que el amor de sus abuelos, como en mi caso, pueda ser lo más incondicional y fraternal que existe.

  • Mi hijo nació cuando yo tenía 24 años. No es lo mejor, pero el padre del niño y yo nos divorciamos antes de que mi hijo naciera. Él siempre fue un hombre muy responsable económicamente, pero en realidad era un padre ausente. Y aunque existen becas de educación para madres desempleadas, en ese entonces no lo sabía: yo estaba desempleada y no tuve licencia de maternidad. Treinta días de nacido tenía mi hijo cuando tuve que salir a trabajar. Ese día el corazón se me partió en dos. Recuerdo que mi mamá lo tenía en sus brazos y que yo no podía salir de mi casa, ella me miró y me dijo: “Ve, tranquila, el niño va a estar bien”. Yo no tenía la menor duda de que así sería. Cada noche llegaba muy cansada y a la mañana siguiente tenía que volver a salir casi de madrugada; ¡era tan poco el tiempo que compartía con mi bebé de tan solo un mes de nacido! Los años pasaron y mis padres se fueron convirtiendo en sus padres. Ingresé a la universidad cuando él tenía cuatro años, me mudé más cerca de mi trabajo y de la universidad y me llevé a mi hijo; lo matriculé en un jardín infantil y le conseguí una niñera.

  • Todo aparentemente iba a estar bien, pero yo no contaba con lo que iba a suceder. Cada día se volvió un calvario para todos: para mí, para mis padres y en especial para mi hijo. En las mañanas era casi imposible vestirlo, tenía que correr tras él por toda la casa; luego, lo llevaba al jardín, que quedaba a cuatro cuadras, pero lloraba durante todo el camino y me decía: “No me dejes aquí”. Me rompía el corazón cada día. La niñera me llamaba a la oficina todos los días para decirme que el niño no había comido, que no jugaba, que estaba acostado desde que lo había recogido en el jardín. Dejé de asistir a clases en la universidad por un mes. Me agobiaba el llanto del niño todas las noches, me sentía impotente, mi amor no era suficiente para él, nada que yo pudiera hacer lo tranquilizaba: no comía, había perdido mucho peso, estaba ojeroso y yo estaba tan preocupada que visitamos cuatro veces a la pediatra en dos semanas, hasta que ella me dijo: “Su niño tiene pena moral”.

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  • Un día, mientras yo preparaba la comida, noté su ausencia y fui a buscarlo. Estaba en el baño, donde había abierto la llave del lavamanos y mientras el agua se desbordaba, completamente mojado, trataba de conectar el secador. Casi enloquezco de angustia. El niño tenía cuatro años y yo no entendía su dolor, estaba tan confundida. Finalmente, una noche, lloró por cerca de dos horas; de repente se levantó de la cama y empezó a correr por todo el departamento mientras arrojaba al piso todo lo que encontraba en su camino: libros, sillas, todo; cuando logré detenerlo, con su cara lavada en llanto, me dijo: “Yo te quiero, mamá, pero no quiero vivir contigo, déjame ir con el tata y la mami (mis padres)”. No tuve otra opción, no quería que él sufriera más, así que a la mañana siguiente mi padre se lo llevó a su casa; fue el día más triste de mi existencia. Por circunstancias de la vida yo no podía regresar a casa, y volvimos a vivir juntos cuando él tenía 10 años; ahora tiene 18 y aunque hemos recuperado algo del tiempo perdido, no ha sido suficiente.

  • Que no te pase lo que a mí, así que:

  • Elije un empleo

  • que te permita estar en casa con tus hijos el mayor tiempo posible, recuerda que tu amor y compañía son irremplazables.

  • Estudia a distancia

  • Una carrera presencial demanda mucho tiempo fuera de casa, así que busca alternativas.

  • Nunca delegues a otros lo que puedes hacer tú mismo por tus hijos

  • tomar decisiones, por pequeñas que parezcan; asistir a la reuniones de la escuela o el colegio, ayudarlos con sus tareas, llevarlos a las citas médicas, etcétera; aunque el cansancio a veces te agobie, ser padre exige sacrificios.

  • No compenses tu ausencia con regalos y siendo complaciente

  • Ten en cuenta que nada es tan valioso como el tiempo que les dedicas.

  • Mantente al tanto de todo lo que tiene que ver con ellos

  • Llama a su escuela, habla con sus profesoras, con la niñera, con tus padres o con quién este encargado del cuidado de tus hijos en tu ausencia.

  • Estar siempre presente en la vida de tus hijos

  • Llámalos a diario mientras estés ausente de casa, pregúntales por su día, ofréceles tu ayuda, déjales notas, llévales un chocolate a tu regreso. Aprovecha todo el tiempo que puedas para disfrutar de tus chiquitos.

  • Nunca faltes a una cita importante

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  • No hay nada que un niño ansíe con tanta ilusión que la presencia de sus padres en un evento importante; por ejemplo, una presentación en la escuela, una competencia, su cumpleaños, su graduación, etcétera.

  • Todo lo que puedas hacer por estar cerca de tus hijos, guiándolos y acompañándolos, es válido; nada ni nadie podrá ocupar en el corazón de tu hijo tu lugar. Finalmente, no es sólo la cantidad, sino la calidad del tiempo que les dedicas.

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