Pensé que conocía el amor, hasta que lo tuve en brazos

Somos capaces de sentir muchas formas diferentes de amor; sin embargo, este tipo de amor es diferente a todos los demás. Pensé que conocía el amor hasta que tuve a mi hijo en brazos.

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  • Todas las formas de amor tienen sus características propias y todas son necesarias para hacer feliz a cualquier alma humana, pues tienen sus niveles de profundidad e importancia. Y es que existen muchas formas de amor: el que existe entre hermanos, el que le tenemos a nuestros padres, el que se da entre buenos amigos, e incluso el que le damos a nuestra pareja.

  • Ahora, no voy a pretender saber o decir cuál de estos amores es el mayor, pues ese no es el propósito de estas palabras, sino compartir sobre un tipo de amor diferente y, en muchas formas, más profundo que todos los anteriores: el amor a los hijos. En mi experiencia personal, en verdad pensé que conocía lo que era el amor hasta que tuve a mi niño en brazos: no quiere decir que mis otras formas de amar sean menos importantes, sino que en verdad el amor a nuestros hijos es muy diferente, y lo es por las siguientes tres razones:

  • Es incondicional

  • Muchos quizás no coincidan conmigo, pero el amor que les damos a casi todas las personas es condicional. Es decir, este se puede desvanecer ya sea por apatía o por heridas que ha causado la otra persona. Este no es el caso con nuestros hijos. Podemos no estar de acuerdo con sus decisiones, pero hagan lo que hagan los amamos. En efecto, este amor no muere aunque nuestros hijos nos traten mal, o incluso se olviden de nosotros. El amor que une a padres e hijos es tan fuerte que nada lo puede extinguir.

  • Instinto protector

  • Podemos tener un instinto protector hacia muchas personas, este es el caso común entre hermanos mayores y menores. Sin embargo, el instinto protector de padres a hijos va mucho más allá, porque incluso desafía el propio instinto de supervivencia: no pensaríamos dos veces en dar la vida por cualquiera de ellos, y estamos listas para defender y atacar cuando sentimos que tal vez uno esté en peligro.

  • Sacrificio

  • No es naturaleza humana aquella de sacrificar, esta se obtiene por medio de la disciplina y la voluntad de querer ser menos egoísta. Pero, este no es el caso con los hijos. Por alguna razón, un padre o una madre están dispuestos a sacrificar tiempo, dinero, paciencia, horas de sueño, intereses personales, etcétera, por el bien de cualquiera de sus hijos, y he de añadir que aunque es difícil y cuesta trabajo esto se hace sin pensarlo dos veces.

  • Es mi esperanza que en los días difíciles –aquellos en los que nuestros hijos simplemente no se quieren comportar y nuestra paciencia ha llegado a su límite–recordemos las razones por las cuales los amamos tanto y que el amor que les tenemos no se compara –ni se comparará– con ningún otro sentimiento de amor que sentimos en el presente o que sintamos en el futuro.

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Denhi Chaney es egresada de la Universidad de Brigham Young con maestría en Terapia de Matrimonio y Familiar. Denhi también es esposa y madre de un niño.

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